Escepticismo

07/12/09

Ahí estaba. Recién colocado en el estante de novedades. Acababan de plastificarlo, para evitar que otros usuarios de la biblioteca más manazas lo estropearan. Lo miré unos instantes. Lo había visto anunciado en televisión, y ciertamente tenía curiosidad sobre cómo era el libro. Aunque su anterior libro fue bastante infumable... A pesar de todo, decidí darle una oportunidad y lo agarré con una sonrisa en los labios.

Aunque comencé su lectura con un gran escepticismo, me di cuenta que tenía ante mí una gran historia. Conspiraciones, masones, tesoros secretos y un villano de pene enorme. Todos los ingredientes para crear una historia magnífica. Sabía que lo que tenía delante me sorprendería.

Ciertamente, me sorprendió. Jamás imaginé que una novela que comenzó tan bien pudiera torcerse de esa manera. A pesar de que a Dan Brown le encanta envolver sus novelas con un halo de realismo, llega un punto que su inversemblanza resulta insultante. Cae en los tópicos más usados y que llevamos arrastrando desde Star Wars. Y de nuevo, un final pésimo. A Dan Brown no se le dan bien los finales, eso es un hecho. Y aquí elabora un final peor que el de El Código da Vinci. Que ya es decir. De nuevo, en vez de crear un final digno para sus personajes, el autor prefiere demostrar que tiene muchos conocimientos en muchos campos, todos ellos muy inexplorados, llegando su pedantería a niveles superiores a los de Sánchez Dragó.

En definitiva, un libro horrible. Lo cual demuestra mi teoría: si algo o alguien te produce malas vibraciones en primera instancia, no intentes profundizar más, te acabará decepcionando.

Calor

12/11/09

Definitivamente la humanidad me la tiene jurada. Basta con que recupere la fe en ella durante unos segundos, para que vuelva a arrojarme a la cara sus constantes aunque dolorosas dosis de realidad. Aunque de forma metódica haya conseguido engañarme una temporada, siempre acaba explotando, y siempre es una explosión dolorosa, no por que desmiembre a nadie, sino porque a pesar de tu autoconvencimiento de que volverá a estallar en tus narices, siempre acabas torciendo la mano a favor de una nueva oportunidad. Pero el resultado siempre es un sonoro estallido en plena cara.

Por desgracia (o por suerte, según se mire) todos los seres humanos nos guiamos bajo el mismo patrón, la mentira. Siempre hay una mentira sobre nuestras cabezas, siempre nos rodea un engaño, queramos admitirlo o no. Pero no es algo complicado. De hecho, sobrellevar una mentira es bastante simple. Tan sólo tienes que calcular, casi de forma milimétrica, tus palabras, tus detalles, tus gestos. Pero por desgracia (o por suerte, repito), hay dos momentos en los que la mentira nos absorbe y acabamos rindiéndonos ante la simpleza de la realidad, porque admitámoslo, la verdad siempre es mucho más sencilla, más directa, pero quizás menos decorativa, y tan sólo hay dos puntos de nuestra vida en que, sin darnos cuenta, mostramos al mundo nuestra verdadera cara. Dejamos ver qué es realmente importante para nosotros. Por qué estamos dispuestos a luchar, y por qué estamos dispuestos a sufrir. Uno de esos momentos es el instante previo a la muerte. El otro es el enfado.

El enfado hace que nuestra mente se nuble, hace que el calor suba desde la punta de los pies y no nos deja pensar con claridad. Es algo totalmente irracional, escapa a nuestro control. Un ser enfadado puede gritar, reventar una mochila a patadas, poner los cuernos, acuchillar, arañar la pared, e incluso escuchar Beyoncé (la maldad de nuestra especie no tiene límites). Siempre es fácil decir cuando miente otra persona, pero cuando nosotros mismos ocultamos algo, algo que no queremos dejar a la luz fácilmente, es mejor no enfadarse. Porque hace que salte a la vista con una facilidad casi de guardería. Resulta kafkianamente irónico cuando alguien está enfadado porque otra persona le ha engañado, y el propio enfado muestra sus verdaderas intenciones, bastante lejanas a lo que quiere dejar ver.

Instante

13/10/09

Imagina que estás tumbado sobre la cama, con los brazos bajo la cabeza, mirando el techo y con los cascos inyectándote tu dosis de droga en formato audio. Te empiezas a dormir. Aparece esa sensación tan incómoda de intentar atrapar algo con las manos, pero sin saber exactamente el que, ni dónde está, ni siquiera si está a tu alcance. Un escalofrío recorre tu espalda. Como un rayo. Tus párpados, que estaban a punto de cerrarse, se disparan y tu cabeza se levanta de repente. Te incorporas a gran velocidad y saltas de la cama. Estás eufórico. Sientes que, por un instante, has encontrado tu camino. Tu manual de instrucciones. Empiezas a dar vueltas por la habitación, sigues dándole vueltas. "No es tan descabellado. No sería el primero que lo hace." Cogiendo impulso, abres la puerta, te sientas en la mesa y tomas una buena bocanada de aire.

Sueltas el aire. Y al soltarlo sientes que acabas de soltar parte de tu emoción inicial. Te quedas unos segundos en blanco, diciendo para tus adentros "¿En qué demonios estaría pensando?". "¿Cómo se me ha podido ocurrir?". Y, con algo más de parsimonia, vuelves a tumbarte en tu cama. Aunque esta vez de lado.

Tan sólo me gustaría decirte que, la próxima vez que vuelvas a sentir eso, que te encuentres con que tienes por fin tu vía de escape, deja de pensar. En serio, deja la mente en blanco. Desconecta del todo. No empieces a pensar si es lógico, si tiene sentido, ni siquiera si es realmente posible. Si algo te hace realmente feliz, que nunca se te pase por la cabeza renunciar a ello. Aunque la felicidad que te ofrezca sea tan sólo de un instante.

Cuentagotas

19/09/09

Piensa en ti y en mi. No, no pienses nada raro. Imagínate convertida en agua. Sí, lo sé, eso es del anuncio de Bruce Lee. Ahora imagina que yo soy un vaso. Eso ya es más complicado, ¿no? Bueno, no tanto. Piensa que soy un vaso y ya está, no le busques dobles lecturas.

Voy a complicarlo más, imagina que cada vez que me has hecho daño has llenado de tu agua mi vaso. Joder, suena peor de lo que pensaba... bueno no pasa nada. Por suerte, nunca me has hecho nada comparable a un intento de asesinato o una amenaza de paliza. Ha sido algo más sutil. Has ido llenándome con cuentagotas. Pero ya has volcado.

Ha pasado mucho tiempo desde que te acercaste al borde. Ha sido un proceso paulatino. Constante en ciertos sentidos. Muchas veces de forma inconsciente. Pero ya no puedo ignorarlo más. No puedo seguir fingiendo que no pasa nada. Me rindo.

Me rindo porque cada vez que te veo recibo un costalazo. Y eso no es demasiado agradable, la verdad. Cada vez que siento que estás cerca noto como se me acelera el pulso, pero ya no es por las ganas de volver a ver tu sonrisa. Es por el miedo que tengo de que vuelvas a hacerme daño. Y siempre lo consigues. En diez segundos, para ser exactos.

Me rindo porque estoy harto. Estoy harto de jugar siempre el mismo papel. Un papel prescindible. Estoy harto de siempre estar en segundo plano. No me interpretes mal, no quiero tener el protagonismo en esta historia. Si se le puede llamar historia. Hace poco esta misma situación la viviste con otros papeles. Y tu reacción fue totalmente diferente. Antónima, podría decirse. No estoy diciendo que entonces estuviera mal. Pero que te sea tan fácil renunciar a mi me corrompe por dentro. Me corroe las entrañas. Y no debería ser de esta manera. O quizás sí.

Lo más frustrante de todo es que la verdad es que sí debe ser así. Soy un vaso, es lo único para lo que valgo. Pero me he cansado de vaciarme para volver a llenarme otra vez de amargura, para después vaciarme de nuevo y seguir poniendo buena cara, fingiendo que todo va bien y que mi mayor preocupación es el cambio de dirección que ha tomado LOST. Y que además realmente creas que ésa es mi mayor preocupación.

Y no voy a engañarte, seguramente en una semana vuelva todo a la normalidad. Vuelva a vaciarme por completo de agua y siga preguntándote qué has cenado hoy, porque aún necesito oír tu voz. Y seguramente mientras estés leyendo esto lo único que te importe es cuál sería la gota que hizo que volcaras. Eso no es lo importante. Bueno, en este momento ya nada lo es. Pero necesito que entiendas que seas así conmigo me duele. Soy un ser humano. Si me pinchas sangraré. Así que deja de probarlo, no me quedan más gotas.

Bromeando

04/09/09

Hay veces en las que alguien te fastidia. Fastidiarte de verdad. No, por una vez no estoy hablando de tí. Pero estabas delante. ¿No lo recuerdas? Bah, tampoco te distes cuenta. Dios, ¿soy el único que lo escuché?

Cuando estás sentado hablando de cualquier cosa con la gente en quien más confías es cuando debes medir más tus palabras. Parece incoherente, pero es cierto. Las personas con las que tienes más confianza son las que más usaran tus palabras en tu contra, porque la confianza que hay entre vosotros se lo permite. No siempre es así, por supuesto. Siempre está el buenazo que nunca te intentará fastidiar en ningún momento y que siempre estará allí, pero por alguna extraña razón, nunca tienes demasiada confianza con ese tipo.

El caso, es que el otro día en una situación de ese estilo alguien hizo un comentario. Bueno, no era un comentario, más bien una broma. Ni siquiera iba dirigida a mí, pero me salpicaba totalmente. No era algo particularmente ofensivo. Bueno, un poco sí. Pero el caso no es que hiciera ese comentario. Lo que realmente me tocó los huevos es que no se diera cuenta de que podía sentirme mal ante esa broma. No pretendo hacerme la víctima, ni nada de eso. No tengo esa necesidad, y sabes que esa no es mi forma de ser. Pero que no se diera cuenta sólo significa una cosa: no me toma en serio.

Sí, puede que esté haciendo una montaña de un grano de arena. Puede que esté pataleando como un crío. Que esto sea una rabieta estúpida por algo que ni siquiera tiene importancia. Pero cuando estás dolido tu cerebro no ve nada. Y aunque dentro de dos días nos reiremos de esto pensando que él tan sólo estaba bromeando, de momento no me hace gracia.

Diez segundos

25/08/09

Diez segundos no es mucho tiempo. Lo reconozco, diez segundos no es nada. Bueno, diez segundos pueden servir para llenarte un vaso de agua. Para reconocer una canción. Para comenzar una conversación. Para enviar un mensaje. Con un móvil decente, desde luego, con el mío son necesarios cuarenta minutos además de varios reactores nucleares. A tí te han bastado diez segundos para detener el tiempo.

Sí, lo se. Resulta bastante irónico, e incluso ridículo. Pero diez segundos después ya no habían más segundos. Los relojes han dejado de funcionar, las moscas han dejado de revolotear, los coches han frenado en seco y, al llegar al décimo segundo, todo ha seguido como si nada. De repente, todo ha dejado de ser lo que era para ser algo nuevo. Algo que ya conocía. O quizás no... Bueno, no estoy seguro, pero ha sido algo increíble, tendrías que haberlo visto. Desde fuera, me refiero. Todo seguía allí, exactamente igual. Pero completamente distinto.

Diez segundos no es mucho tiempo, lo reconozco. Pero te han bastado para detener el tiempo. Para demostrarme que no he avanzado. Que cada paso que doy hacia adelante es para tropezarme. Maldita piedra. Que cuando te mire a los ojos seguiré perdiéndome. Te han bastado diez segundos para recordarme todo aquello que intento olvidar.

En serio, ¿sólo diez segundos? No puedes ser tan buena. Debo estar haciendo algo mal. O quizás un golpe de suerte. Sí, eso es. Ha sido suerte. Espera, ¿entonces por qué no es la primera vez que pasa esto? Mierda, me duele la cabeza. ¿Por qué lo haces todo tan complicado? No, espera. Soy yo. Lo estoy complicando sin motivo, cuando la respuesta es muy simple... La navaja de Ockham, la respuesta más simple suele ser la correcta. Soy un tío práctico, así que tomaré la respuesta simple como la válida... Dios, ¿entonces por qué no me gusta nada esa respuesta?

Entonces debe ser otra cosa. Debe haber otra explicación. No tiene ningun sentido ¿tan sólo diez segundos? No, para nada. Hay algo que no funciona. ¿Qué puede pasar por la cabeza de alguien en diez segundos que vuelva a desmontarlo todo?

Tu sonrisa.

Sí, desde luego Ockham te conoció...

One of Many te odia

17/08/09

Si crees que la frase superior es un guiño a Californication, te felicito por tu buen gusto. Pero es totalmente literal. Oh, no, por favor, no te lo tomes como algo personal, no es por tí. Es simplemente que intento ser mejor persona. Me lo recomendó mi psiquiatra. No el odiarte, sino el ser mejor persona. Y creo que la manera más sensata de conseguirlo es odiar a todo el mundo. Incluyéndote a ti.

Puede parecer un tanto contradictorio, pero me explicaré. Lo que me dijo mi psiquiatra es que me encontraba en una crisis de personalidad. Según ella, no me encontraba a gusto conmigo mismo ni con nada de lo que me rodeaba y que la solución era ser mejor persona, verlo todo con una perspectiva más optimista. Así que decidí mejorar en ese aspecto. Verme de otra manera, y ver mejor a quienes me rodeaban. Pero no sabía por donde empezar. Así que, en vez de buscar soluciones, tiré la toalla y me senté en el sofá a ver la tele. Encendí un canal al azar, y de pronto lo vi. Jersey verde, pelo perfecto, gafas impolutas y frondoso bigote. Ned Flanders, la imagen que salía del televisor, es sin duda un tipo feliz. Saluda de forma educada, es elegante, una casa bien amueblada, un sótano con reliquias de los Beatles. Ese tío lo tiene todo. Cierto que se ríen constantemente de él, pero sabe estar por encima. ¿Qué diferencia hay entre Ned y yo? La respuesta es simple. Dios.

Ned Flanders cree en Dios. Eso es lo que lo hace mejor que yo. Va a misa los domingos, su vida se rige por el Gran Libro y tiene un crucifijo en prácticamente todas las habitaciones de su casa, incluyendo baño, desván, despensa y aparcamiento. Lo cual es bastante escalofriante: tener los ojos de Dios mirando como te lavas los dientes, te duchas o haces uso de la puerta trasera. Pero dejando eso a un lado, estaba claro que lo que necesitaba para mejorar era creer en Dios. Y qué mejor manera de hacerlo que seguir sus consejos, imitar su modus operandi. Así que por eso te odio.

Porque Dios nos odia a todos. En serio. Se pasa las horas en su nube observándonos con su mirada fulminante, rascándose su perfumada barba blanca y pensando cómo putearnos. Es la única razón por las que existe la pobreza, las enfermedades venéreas, los mosquitos, el hambre, las comidas bajas en calorías (que, sinceramente, no suponen una solución a lo mencionado anteriormente), Uwe Boll, las películas de Tim Allen, los videojuegos de Imagina ser, las ventanas con doble cristal y la puta energía solar. Todo eso está pensado para jodernos la vida. ¿Y por qué? Porque los sentimientos negativos, como el odio, la rabia o la gula, son los que mueven la humanidad. La ambición de los romanos hizo que cayera el Imperio. Hitler odiaba que los judíos manejaran más dinero que él. Incluso este blog ha nacido gracias a los sentimientos negativos. ¿Afán de expresarme ante el mundo? ¡Por favor! Si he empezado este blog es porque un amigo mío también ha empezado uno, y no quería ser menos. Aunque, para ser justos, yo había registrado este dominio mucho antes que él. Puedes comprobarlo.

Pero no me entiendas mal. No pretendo que a partir de ahora salgas a la calle y patees todos los huevos que veas. Aunque sería divertido. ¡No me distraigas! La cuestión es que debes saber que todo lo que está ahí fuera está colocado para putearte. Pero no porque Dios te odie, ni porque tu destino es ser el más desgraciado de todos los capullos que tienen Infinity en el móvil. Es simplemente el orden establecido de las cosas.

Por eso te odio.